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La
fiesta, fiel reflejo de tradiciones y costumbres, es una de las características
que define la personalidad de los pueblos. Enmarcada por las
peculiaridades propias del terreno donde se asienta y condicionada por
multitud de aspectos sociales, climáticos, etc., constituye un elemento,
no solo diferenciador sino de identidad de una comunidad, de una forma
de vivir determinada.
El rito de la fiesta como cultura, va asociado indisolublemente al
folclore, la gastronomía, la música, los trajes, la artesanía y todos
aquellos aspectos que rodean cualquier tradición festiva.
La provincia de Zamora posee una riqueza y diversidad excepcionales, lo
que permite encontrar en cualquier época del año una celebración
digna de reseñar. El calendario religioso y el ciclo pagano de las
estaciones, se han conjugado de forma que es posible seguir, a lo largo
de todos los meses del año, un mosaico continuado de manifestaciones
festivas. Así, comienza el año con las mascaradas de invierno o
fiestas del antruejo que finalizan con el Carnaval, anteponiéndose a la
Cuaresma; teniendo como común denominador la utilización de disfraces.
El inicio de la primavera, da protagonismo a las romerías y a la
naturaleza, permitiendo el disfrute del campo. Es tiempo de celebrar la
fiesta del Santo Patrón en las ermitas. El verano, trae consigo las
fiestas taurinas, alrededor de las cuales se multiplican los encierros,
corridas y demás acontecimientos que giran en torno a la figura del
toro, siendo Zamora la provincia que cuenta con más eventos taurinos de
Castilla y León. Las fiestas otoñales, al igual que las de primavera,
son romeras, y en ellas hay que distinguir dos celebraciones bien
diferenciadas: la primera, de alta tradición gallega, es aderezada con
castañas, pulpo y gaitas, desarrollándose principalmente en el
noroeste de la provincia; la segunda, se celebra en la comarca del vino
teniendo como protagonista la vendimia, alrededor de la cual se
concentran las fiestas y romerías, que cierran el ciclo de las
estaciones.
No se concebirían las fiestas zamoranas sin su Semana Santa, auténtico
acontecimiento festivo y popular por encima de su dimensión religiosa
que, aun siendo muy similar a otras, no tiene nada que ver con éstas.
Mediante el siguiente calendario festivo, se pretende mostrar las
principales celebraciones festivas de la capital que, aún hoy, conservan
un fuerte sabor popular ligadas a antiguas creencias y ritos
ancestrales.
Las referencias festivas de Zamora se centran, sobre todo, en la época
primaveral y preveraniega; aunque de un tiempo a esta parte, la celebración
del Carnaval se está manifestando con especial importancia. Es tiempo
de mascaradas, donde coplas y disfraces inundan las calles de la ciudad,
hasta el tradicional entierro de la sardina que da por terminada la
fiesta. El triunfo de la Cuaresma, impone siete semanas donde apenas hay
fiestas que destacar.
La primera gran fiesta zamorana llega con la Semana Santa, en la que la
ciudad ha destacado en toda Castilla por su sobria belleza. Aunque se
celebra en muchos pueblos de la provincia, sin duda, la que muestra un
mayor conglomerado de tradiciones, sentimientos y vistosidad, es la de la
capital.
No hay acontecimiento popular y festivo mayor que la Semana Grande de la
capital, en la que zamoranos de todos los pueblos y miles de personas de
todas partes, se acercan a estas tierras para contemplar un hecho que
aglutina rito y pasión. La Semana Santa de Zamora, cuenta con la tradición
histórica de algunas procesiones e, incluso, cofradías de los siglos
XV y XVI. El carácter generacional de los propios zamoranos, el marco
incomparable donde se escenifica y la sobriedad de sus manifestaciones
la han convertido en un acontecimiento de Interés Turístico Internacional.
El mes de Mayo, es tiempo de romerías; todas ellas de larga tradición y
animada participación popular. La primera que se celebra, la del
Cristo de Valderrey, tiene lugar en los alrededores de la ciudad,
procesionándose en el bosque de Valorio
la Virgen de la Guía. Pero, la más popular y oficial de Zamora,
es la Romería de La Hiniesta, que se celebra el lunes de
Pentecostés; en ella la Virgen de la Concha
y su hijo son llevados en
procesión hasta el vecino pueblo de La
Hiniesta, donde se venera a la Virgen de este nombre. Al
encontrarse las dos imágenes, tiene lugar el tradicional “Baile de los
Pendones”.
Los alcaldes de ambas localidades intercambian sus bastones
de mando y los ciudadanos confraternizan en el popular y atractivo
bosque de Valorio.
Siete siglos de tradición sustentan a esta fiesta, que tiene sus orígenes
en la talla de la Virgen que encontró, en el lugar que hoy ocupa la
localidad de La Hiniesta, el rey Sancho IV cuando se hallaba de caza. La
Virgen fue llevada a Zamora y allí permaneció, el tiempo que se tardó
en construir la grandiosa iglesia en su honor, por mandato del rey. La Virgen de la Concha, en cuyo templo había sido depositada la de
La
Hiniesta, acompañó a ésta hasta su nueva casa el día de la
inauguración y desde entonces, cada año, repite su visita.
La romería dura todo el día hasta que, ya al atardecer, regresa la Virgen y su hijo por los campos floridos hasta la iglesia de San
Antolín, la cual envuelta en tomillo y romero los recibe entre repiques y cohetes.
Frente a estas fiestas propiamente religiosas, al comienzo del verano,
la ciudad se llena de bullicio y alegría con las Ferias de San Pedro; tiempos atrás tenían primordialmente acento agrícola
pero hoy, sin embargo, van teniendo cada vez más marcado ambiente urbano. El 29 de junio, la
provincia entera y otras gentes que llegan del exterior, acuden atraídas
principalmente por dos acontecimientos que dan carácter a estas
fiestas, desde tiempos lejanos. Un olor inconfundible se adueña por
entero de la ciudad; comienza la Feria de Ajos, en la que miles de
ristras,
escrupulosamente trenzadas, inundan la Avenida de las Tres Cruces
convirtiéndola en un enorme expositor y en la que se realizan
importantes transacciones comerciales en animada concurrencia de público,
pues es tradición proveerse de ajos para todo el año. Pero, si el ajo
es protagonista indiscutible de las ferias, la cerámica no lo es
menos. La Plaza de Viriato y
sus aledaños ofrecen su espacio para llenarse de múltiples formas de
barro cocido. Tanto la cerámica popular o alfarería como la artística
y de nuevas tendencias, se dan cita cada año en Zamora, congregando a
los alfareros más importantes del país, con presencia además de
portugueses e iberoamericanos, convirtiéndola de este modo en una de las más
importantes de toda España.
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