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Toribio
Paredes, como realmente era su nombre, fue uno de los más grandes
evangelizadores españoles en América, siendo probablemente la persona
que más bautizos ha realizado en la historia.
Su
excepcional talento y conocimiento de más de 400 lenguas indígenas,
unido a su gran espiritualidad y compromiso en la divulgación del
cristianismo, le han colocado en la cumbre de las misiones españolas del
S. SVI, así como en ser uno de los grandes cronistas de la conquista de Méjico
a través de sus prolíferos escritos.
Aunque no hay datos que certifiquen sus orígenes, todos los indicios
apuntan a que nació en Benavente (Zamora) en las prostremidades del siglo
XV. Ingresó de muy joven en el convento franciscano de esa misma
localidad, donde cambió su apellido por el de Benavente y donde fue
ordenado sacerdote sobre el año 1516.
Bajo el reinado de Carlos V, en 1521, es testigo de las guerras de las
Comunidades; hallándose en esos momentos en Extremadura, destacando ya
entonces por su locuaz oratoria.
En el año 1523 es elegido, junto con otros 12 franciscanos, para
evangelizar las nuevas tierras que Hernán Cortés iba conquistando en México.
Ese mismo año parten de Sanlúcar de Barrameda para, tras cuatro meses de
dificultoso viaje por mar, llegar a San Juan de Ulúa, islote que está
unido a Veracruz en el golfo de México.
Los más de 300 km. que separan esta localidad de Tenochtitlán -capital
de los Aztecas, en la actual ciudad de México- los deciden hacer andando
y descalzos, en agradecimiento a las bondades divinas, pese a ser por
rigurosa selva. Al llegar a la ciudad de Tlaxcala, son tal sus penurias
que, los indios al verlos comienzan a exclamar “motolinía” que
significa pobrecillos, vocablo que Fray Toribio acepta para sí en
sustitución de su apellido, en memoria de ser ésta la primera palabra
que oye en boca de los indígenas.
El 17 de junio de 1523 llegan por fin a Tecnochtitlán donde, después de
aprender la lengua y las costumbres de los indígenas, se dividen en
grupos de cuatro, siendo Fray Toribio nombrado Guardián del convento de
esta ciudad bajo la advocación de San Francisco. Cuatro años más tarde
viaja a Guatemala y Nicaragua donde funda varios conventos más.
En 1543 renuncia al cargo de Obispo de la ciudad de Guatemala y
posteriormente al de la de Yucatán, convirtiéndose en el único
misionero que sin consagración episcopal puede administrar el Sacramento
de la Confirmación. Tres años más tarde regresa a Méjico siendo
nombrado Vicario Provincial y posteriormente 6º Ministro Provincial.
Su manifiesta defensa por los derechos de los indios, en contra de los
saqueos y vejaciones producidas por los españoles, máxime cuando Cortés
abandona México, le hizo impopular entre las milicias españolas por lo
que fue víctima de todo tipo de calumnias.
A los setenta años de edad se retira al convento de San Francisco, el que
tiempo atrás había fundado en la ciudad de México, donde pasaría sus
últimos años hasta ser inhumado el 9 de agosto de 1565 a la edad de
setenta y cinco años.
Entre su legado destacamos varios tratados sobre temas espirituales y crónicas
sobre las civilizaciones Indias, así como varias cartas
dirigidas al Emperador Carlos V y al Virrey de la Nueva España Don
Luis de Velasco. Aunque su mayor obra no la dejó impresa en papel pues,
la dejó grabada en las almas de aquellos que le conocieron.
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