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Nuestro camino, al
igual que lo fuera en el primer paseo, comienza en la
Plaza Mayor
para en esta ocasión dirigirnos a la Puebla del Valle, hoy Barrios
Bajos, una de las muchas pueblas o suburbios que se fueron estableciendo
a lo largo de la Edad Media entorno a la primera muralla.
Nos dejamos caer por la cuesta de una de las calles más
pintorescas de la ciudad, la de
Balborraz, que en árabe
significa Puerta del Cabezudo. Este lugar fue tanto asentamiento de árabes
como de judíos. Al finalizar la cuesta y a la izquierda accedemos a San
Leonardo, vendida tras la desamortización de Mendizábal y
utilizada hasta hace poco como carbonería. Sufre un deterioro
importante que llega al estado ruinoso de nuestros días. Según el historiador Fernández
Duro la puerta estaba flanqueada por dos esculturas de leones en piedra,
hoy desaparecidos, encontrándose uno de ellos en un Museo de Nueva York.
Muy
cerca de allí
Santa María de la Horta, ya en 1236 casa madre de
los Caballeros Hospitalarios. De estilo románico con influencia de gótico
primitivo. Abandonamos esta plaza para, por la calle Paternóster,
descubrir el templo de
Santo Tomé en la plaza de su mismo
nombre. De esta iglesia se poseen las pruebas documentales más antiguas
de la capital, datando de 1128. En su interior custodia los capiteles,
posiblemente, más atractivos del románico zamorano.
Abandonamos Santo Tomé para refrescarnos en el murmullo del
Duero, paseando por los
caminos fluviales que recorren las dos
orillas que besa el río a su paso por la ciudad. Por aquí podemos
acercarnos hasta el
Puente de
Hierro, ingeniería de finales del
siglo XIX, el cual podemos recorrerlo para contemplar desde este mirador
singular, el paisaje que ofrece el paso del Duero por el
Puente de
Piedra y como testigo la
Catedral al fondo. En la otra orilla
y por debajo del puente hermano de “la vía” se accede a las
Aceñas
de Pinilla, barrio en el que ahora estamos. En la actualidad sus
piedras han dejado de moler para ahora convertirse en escenario
culinario.
Volvemos sobre nuestros pasos para disponernos ahora a recorrer
por fuera la tercera muralla, a través de la Ronda de Puerta Nueva,
donde la tradición señala que por este lugar entraron las tropas
francesas en la capital.
Una
vez pasada la muralla accedemos por la avenida de Portugal a la Farola,
centro neurálgico de la ciudad, para a continuación tomar la calle
peatonal de Santa Clara, una de las más comerciales y dinámicas de la
ciudad, donde se abren grandes plazas como la de Castila y León donde
está instalado el
edificio de Hacienda, de corte modernista y funcional.
Pero la plaza que más nos va a conquistar es la de Santiago por
encontrarse allí el templo de
Santiago del
Burgo, la única románica
que conserva su original planta rectangular de tres naves y en la que su
ménsula pinjante embriaga los sentidos de todo el que se para a
contemplarla.
Atravesamos
la plaza de la Constitución dejando a un lado el edificio de la
Subdelegación del Gobierno para adentrarnos en el bullicio y colorido
que ofrece el Mercado de Abastos, edificio de principios de siglo
de atractivo estilo, en especial sus fachadas enfrentadas con huecos
acristalados en forma de semicírculo, que le aportan toda su
singularidad.
Dejamos
el mercado por su cara sur para encontrarnos con otra perla del siglo
XVI,
San Andrés, construida sobre una iglesia románica en la
que sus dos enormes perpiaños sostienen una espléndida armadura
morisca. Junto a la iglesia se halla el edificio del
Seminario
Conciliar de San Atilano.
Entramos
de nuevo en la Plaza de la Constitución por su ángulo suroeste y después
de bordear Santiago de Burgo atravesamos la calle de San Torcuato para
dirigirnos a
San Esteban, ubicada en la plaza de su mismo nombre.
Románica de la segunda mitad del siglo XII, donde el visitante podrá
admirar en su interior las geniales obras del escultor zamorano Baltasar
Lobo.
De
vuelta a la calle San Torcuato avanzamos hacia la Plaza Mayor
pero no sin antes pararnos en uno de los edificios civiles más
guarnecidos, el
Palacio de los
Momos, ejemplo de gótico civil y
que en su interior se hayan las dependencias de los Juzgados.
Entramos
en la
Plaza de Sagasta rodeada por edificios de comienzos del
siglo XX y puerta del tiempo al pasado. A la derecha, por un acceso
angosto, se nos abre otra plaza, la del Fresco y en lo alto la torre de
San
Vicente de estilo románico. En su interior custodia un magnífico
Cristo del siglo XVI, el de la Buena Muerte de gran devoción por los
Zamoranos.
Solo
nos queda ya atravesar la plaza del Fresco para entrar en la
Plaza
Mayor, por su ángulo nordeste, teniendo por testigo al guerrero Pero
Mato en lo alto de la torre de
San Juan de Puerta
Nueva.
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Texto:
Pedro-F. Rguez. / Fotos y
Maquetación: ConocerZamora.com |
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